martes, 21 de mayo de 2013
El gran error de los biocombustibles
Queridos lectores,
Desde hace ya un par de décadas en la mayoría de los países occidentales es obligado por ley que una parte de lo que suministran los surtidores de las estaciones de servicio sea lo que la ley denomina biocombustible. Por biocombustible se entiende un líquido de origen vegetal que puede suplir al menos parcialmente los convencionales carburantes de origen fósil. El porcentaje de la mezcla que legalmente debe ser biocombustible de acuerdo oscila desde el 7% que obliga la Unión Europea hasta el 15% que rige en muchos estados de los EE.UU.
¿Por qué se introdujo esta obligación de mezclar los carburantes de origen fósil con un pobre sucedáneo, con menor poder energético y que, como veremos, acarrea muchos problemas? Hubo, en su momento, una motivación principal: disminuir la dependencia del exterior. La idea que tuvieron los legisladores era que nuestros agricultores occidentales acabarían cultivando nuestro propio combustible. Sin embargo, como muestran numerosos estudios la Tasa de Retorno Energético (TRE) de la mayoría de los biocombustibles es tan baja que en realidad eso de "cultivar nuestra energía" es un negocio ruinoso. Tan ruinoso que hasta ahora la adición de biocombustibles estaba subvencionada por los Estados, en la espera de que la tecnología se desarrollase lo suficiente como para que la rentabilidad energética subiera y con ella la rentabilidad económica, y al final el esfuerzo realizado hubiera merecido la pena.
Sin embargo, lo que ha pasado en la práctica es que, al calor de la normativa que por un lado obliga a la adición de biocombustibles y que por otro lado la subvenciona, ha surgido una gran industria a escala global, destinada al cultivo a gran escala de diversas plantas para la producción de biocombustible. Por cierto que conviene aclarar ya que el nombre más correcto para estas sustancias es agrocombustible, puesto que el prefijo "bio" podría dar a entender que son productos naturales y hasta cierto punto respetuosos con el medio ambiente y/o con la biodiversidad, mientras que en la realidad se trata de productos derivados de la actividad a gran escala del sector agroalimentario y cultivados industrialmente. Y justamente por razón del uso de las técnicas de gran escala que se requieren para poder cubrir tal nivel de demanda es por lo que la TRE es tan baja: para producir los 2 millones de barriles diarios de "biocombustibles" (agrocombustibles en realidad, insisto) que se generan hoy en día en el mundo se utilizan una enorme cantidad de fertilizantes, pesticidas, tractores, cosechadoras y diversas máquinas de procesado, con un gran insumo de energía; un auténtico dislate energético pero que hasta ahora podía ser marginalmente rentable -con las subvenciones- puesto que hasta ahora la energía era barata.
Como se ha denunciado frecuentemente, la producción de agrocombustibles compite con los usos alimentarios, llegando a situaciones aberrantes. Por ejemplo, en 2011 EE.UU. desvió el 43% de la producción de maíz para bioetanol - con una TRE de 1 (!!), mientras que a nivel de todo el mundo el 6,5% del grano cereal y el 8% de los aceites vegetales se destinaron a agrocombustibles (como explica el investigador Tim Searchinger). Argentina cultiva ahora grandes cantidades de soja destinadas a la exportación y la producción de biodiésel (y con una TRE que no llega a 2), la producción de bioetanol de caña de azúcar de Brasil sólo es marginalmente rentable y el único gran cultivo realmente rentable a escala global es el del aceite de palma proveniente de Indonesia y Malasia (aunque es difícil que pueda mantenerse en el largo plazo pues las prácticas de cultivo que se usan no son nada sostenibles). Y mientras, gracias a que se desvían estos alimentos para dar de comer a los coches de los ricos los pobres se mueren de hambre.
Por si eso fuera poco, la introducción de agrocombustibles genera problemas nuevos, a veces de especial gravedad. Por ejemplo, el etanol de origen vegetal es corrosivo (como en realidad lo son la mayoría de los compuestos derivados de petróleo), lo cual obliga a introducir más inhibidores de la corrosión. Por otro lado, el biodiésel no es perfectamente equivalente al petrodiésel: su molécula es polar y más higroscópica, con lo que con más facilidad puede acumular agua. Este agua disminuye el poder combustible de la mezcla, pero además genera un problema aún peor: en esa interficie demasiado a menudo proliferan colonias de bacterias y otros microorganismos, generando una gelatina que puede producir obstrucciones en el motor, y que si llega a los inyectores pueden causar una avería muy grave. Para evitar reclamaciones, los propietarios de las estaciones de servicio hacen tratamientos periódicos de sus depósitos de diésel con biocidas, los cuales esencialmente son antibióticos - no negarán que es una gran gran ironía: por quitarle la comida a los hombres y dársela a las máquinas hemos conseguido que las máquinas padezcan enfermedades de hombres. Añadan a esto que algunos biodiéseles, como el de aceite de palma, tienen puntos de fusión bastante altos, con lo que a temperaturas moderadamente frías solidifican y causan problemas semejantes - lo cual obliga al gran distribuidor de carburante a tener un ojo sobre la previsión meteorológica a varios días vista a la hora de decidir su mezcla (y si Vd. tiene un coche de diésel, no se extrañe que en días repentinamente fríos el coche tenga una considerable merma de potencia). Todos estos problemas, en suma, suponen un incremento notable costes añadidos. A veces, para evitar la escalada de costes, algunos controles indispensables con la actual complejidad de los carburantes (controles de contaminación microbiana en las cubas de combustible o de separación de los elementos de la mezcla) simplemente no se hacen con consecuencias ocasionalmente fatales. Para acabarlo de agravar, el Gobierno de España ha retirado recientemente la subvención a los biocombustibles pero mantiene la obligatoriedad de tener un 7% en la mezcla final. En suma, todos estos problemas redundan en mayores costes que generalmente son soportados por el último eslabón de la cadena de distribución, las estaciones de servicio, que en un contexto de demanda decreciente y costes crecientes pueden verse abocadas al cierre (como le está pasando a muchas en España y probablemente en otros países de la OCDE).
¿Hay alguna buena perspectiva técnica sobre los biocombustibles, que justifiquen estas penalidades actuales? En realidad no. Un reciente y muy extenso estudio sobre biocombustibles realizado por el Ejército de los EE.UU. muestra que no sólo los actuales biocombustibles son un contrasentido energético, sino que hasta los proyectados biocombustibles de segunda generación (que provendrían de la fracción celulósica de los vegetales o de las algas marinas) siempre tendrán TREs muy bajas.
Pero los agrocombustibles tienen tres ventajas de tipo más político:
- Sirven para convertir gas natural en algo parecido al petróleo. Efectivamente, la mayor parte del consumo de energía en los cultivos industriales se debe al uso fertilizantes, los cuales consumen grandes cantidades de gas natural. Con esta estrategia podemos paliar parcialmente la falta de petróleo (que, recordemos, ha comenzado ya su ocaso). Pero esta estrategia no está exenta del problemas, al contrario: Por un lado, la producción máxima de agrocombustibles es muy limitada, teniendo en cuenta las necesidades de tierra cultivable, agua y fertilizantes; es difícil que jamás llegue a superar los 4 millones de barriles diarios (Mb/d; frente a los 90 Mb/d de todos los líquidos del petróleo que se consumen en todo el mundo ahora mismo). Por otro lado, el pico del gas está a la vuelta de la esquina (incluso contando con la estafa del gas de esquisto explotado mediante la técnica de fracking - estafa de la que hace ya dos años y medio advertíamos en este blog)
- Ayudan a mantener la ficción de que aquí no pasa nada. Efectivamente, gracias a esos 2 Mb/d que aportan a día de hoy podemos, por una parte, transferir energía del gas a energía asimilada a petróleo, y por otro lado en las estadísticas de producción de petróleo contamos dos veces una cierta cantidad (porque contamos el petróleo que va a los tractores, cosechadores, etc y después los barriles de agrocombustibles producidos, aunque ya sabemos que la TRE es prácticamente de 1 en muchos casos, es decir, que la energía consumida para la producción de los agrocombustibles es más o menos igual a la energía que éstos poseen). Y a medida que aumentemos nuestra producción de agrocombustibles podremos mostrar una cantidad mayor de barriles diarios producidos, aunque en realidad la energía que poseen sea igual o inferior a la que se ha consumido, y así la energía neta que llega a la sociedad sea en realidad la misma o menor. Eso sí: puede que maquillemos las estadísticas de producción de petróleo, pero al aumentar la producción de agrocombustibles agravamos el problema del hambre en el mundo.
- Son una pieza importante en la mayoría de los mitos y exageraciones sobre el futuro de la producción de petróleo en los EE.UU.: Lo analizaremos con más detalle en el próximo post; baste decir aquí que los agroocombustibles son una proporción apreciable de lo que se supone que va a subir la producción de todos los líquidos del petróleo de los EE.UU. (asumiendo también que los problemas de producción agrícola no se agravarán, lo cual es dudoso). Lo más divertido es que se pretende hacer creer que la base del futuro energético presuntamente brillante de los EE.UU. son los petróleos de esquisto, cuando esos escenarios asumen que los agrocombustibles tendrán una producción mayor. ¿Qué pasa aquí? Que se tiene que mantener las expectativas sobre el petróleo de fracking mientras no estalle la burbuja.
Si se fijan, las tres motivaciones destacadas más arriba son completamente espurias y cortoplacistas, y en modo alguno responden a las razones que en su momento llevaron a la implantación obligada de los agrocombustibles. ¿Por qué se mantiene, entonces, una estrategia tan errada? ¿Por qué no se hace una reevaluación de objetivos contrastada con datos reales? Mientras no se haga eso iremos tensando otro sector más, éste ya muy comprometido, aumentando el riesgo de colapso repentino y sistémico.
Salu2,
AMT
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jueves, 16 de mayo de 2013
Rumbo de colisión
Querido lectores,
En un post reciente concluía que uno de los problemas mayores que tenemos es la incapacidad de hacer un diseño inteligente de partida y en vez de eso adaptamos soluciones evolutivas. Lo que hacemos, por tanto, es adoptar soluciones que aquí y ahora están bien aunque no lo estarán en un futuro; y cuando las circunstancias cambian y los problemas aparecen hacemos variaciones a partir de las soluciones vigentes para encontrar nuevas soluciones que aborden nuestro problema satisfactoriamente. Tal aproximación, por lógica que parezca, puede llevarnos hacia una colisión inevitable contra un escollo que se encuentra al final de la cadena evolutiva que hemos seguido; y que si hubiéramos podido ver el problema en su conjunto hubiéramos podido escoger otra solución siguiendo un rumbo perfectamente diferente.
Este tipo de lógica evolutiva (o más bien, de huida hacia adelante) está presente en muchos problemas que hoy abordamos desde la tecnología. Introducimos tecnologías que resuelven problemas sin darnos cuenta de que esas mismas tecnologías introducen otros problemas para los cuales proponemos más tecnología y así sucesivamente, hasta que chocamos contra los límites de nuestro ingenio o de los recursos disponibles. Este problema se engloba dentro del llamado Principio de las Consecuencias Imprevistas, que fue introducido por el sociólogo Robert Merton el siglo pasado. Veamos ahora un ejemplo práctico.
Sabemos que a día de hoy hay un problema grave con el diésel: la producción mundial de diésel podría haber llegado a su máximo en 2008 porque, a pesar de que esos sucedáneos de petróleo a los que llamamos "otros líquidos" han conseguido disimular la caída de la producción de petróleo crudo, el hecho es que para hacer diésel hace falta petróleo crudo y además la mezcla que se usa para refinar diésel tiene que tener cierta proporción de petróleo ligero, del cual cada vez hay menos (Irán ya no produce, Venezuela produce muy poco y en Arabia Saudita comienza a escasear). Todo esto ha hecho que la producción de diésel se esté resintiendo ya: algunas refinerías en el mundo occidental están haciendo grandes inversiones para adaptarse a la falta de petróleo ligero y a los altos costes de la materia prima y de la energía (vean aquí un ejemplo en el Reino Unido) mientras que muchas otras refinerías directamente cierran (pueden encontrar una lista en esta página web). En suma, la por fin reconocida llegada del peak oil ha generado muchos efectos no lineales en nuestro complicado mundo, y entre ellos el cierre de refinerías y la disminución aún mayor del acceso a los combustibles.
Uno de los aspectos reconocidos que han hecho más grave esta crisis del diésel es el cambio histórico de coches de gasolina por coches de diésel en Europa durante las últimas dos décadas. Tal movimiento ha respondido a una lógica evolutiva, del mercado: dado que de manera natural se producía en las refinerías una cierta cantidad de diésel y el diésel de automoción tiene mejor economía de combustible que la gasolina, de manera natural el mercado ha tendido a buscar un hueco al relativamente más abundante y más económico diésel. Como ven, todo lógica evolutiva y todo libre mercado.
Sin embargo, por las razones explicadas más arriba la llegada del pico del diésel se ha anticipado a la del pico de la gasolina y en este momento se ve el error de haber fomentado tal dieselización masiva del parque automovilístico. Llegados a este punto, ¿qué podemos hacer? Volver a la gasolina no es fácil: los motores de diésel no son compatibles con la gasolina, y forzar un cambio masivo de vehículos particulares en medio de una crisis que justamente está acarreando una caída de ventas de coche no parece ni fácil ni muy popular. Por otro lado, dejar que el libre mercado regule esta situación tampoco es la mejor opción, puesto que el transporte por carretera y la maquinaria en general usan el mismo tipo de gasoil; ya está habiendo problemas con el transporte por carretera, que se está desplomando por los altos costes del transporte y la caída de la demanda de productos, como para permitir que se agrave aún más y acabe disparando la inflación, lo que traería una mayor caída del consumo y el agravamiento de la crisis. En suma, hemos llegado a un callejón sin salida: cualquier opción que se escoja provocará muchas consecuencias desagradables. Vamos en rumbo de colisión inevitable.
Es significativa la evolución del Gobierno francés respecto a este problema. A mediados del año pasado hubo cierto revuelo y debate público incubado por los medios de comunicación sobre la conveniencia de arrinconar el diésel, al menos en las grandes ciudades. De acuerdo con el relato que repitieron machaconamente los medios de comunicación galos, un nuevo informe de la Organización Mundial de la Salud ratificaba lo nocivo que es para la salud los gases de los motores de diésel, y eso abría el debate "urgente" sobre la necesidad del cambio. En realidad, desde hace varias décadas se sabe que los motores de diésel son más contaminantes que los de gasolina, a pesar de las muchas mejoras significativas que se ha hecho en su ingeniería; por otra parte, en Francia como en el conjunto de la OCDE (y no hablemos ya de España) el tráfico rodado ha disminuido como consecuencia de la crisis, lo cual retrae relativamente la urgencia de este debate (al menos desde una perspectiva política; el tema de la contaminación del diésel es ciertamente serio y debería haber sido abordado seriamente hace muchos años). Por tanto, da más la impresión de que este debate espoleado por los medios obedece a la necesidad de trasladar a la ciudadanía la necesidad de deshacerse del diésel aunque los motivos reales de esta necesidad se presentan maquillados.
Casi un año después, el Gobierno francés aún sigue deshojando la margarita, sin saber muy bien por dónde tirar. Saben que quieren deshacerse del diésel, pero dentro del Gobierno galo hay sensibilidades contrapuestas sin que nadie sea capaz de proponer un plan realista y viable para hacer ese abandono. Tal impasse ha llevado a algunos hasta hacer bromas sobre la supresión radical del diésel en Francia (inocentada de la que erróneamente yo mismo me hice eco). Mientras tanto, la disponibilidad de diésel sigue bajando, se prevén nuevos cierres de refinerías este año y la situación es cada vez más apurada... pero no hay ni un solo avance.
Un Gobierno debidamente informado hubiera tenido 40 años para anticipar este problema, y la sociedad hubiera podido adaptarse paulatinamente y con cierto éxito. Tal estrategia es la que se conoce como "diseño inteligente": se ve el problema en su globalidad y se diseña la mejor respuesta, con una monitorización constante del resultado. Sin embargo, la estrategia que hemos seguido es la de la respuesta evolutiva: ir dando respuestas a los problemas que se iban presentando, uno por uno, hasta llegar a un callejón sin salida (como el que se puede estar presentando ahora en Venezuela o en Egipto). Es la estrategia del corto plazo, del beneficio inmediato. Éste es el producto de la lógica de lo que llamamos libre mercado (aunque en realidad sea mercado natural, como ya discutimos).
La estrategia evolutiva se puede comparar a una escalera que construimos añadiendo un peldaño cada vez; escalera que vamos remontando sin tener garantías de llegar a ninguna parte en concreto. Y a veces estas escaleras acaban abruptamente, precipitándonos la vacío. Esto también pasa con la evolución de las especies: que a veces se llega a puntos muertos, y las especies asociadas se extinguen. Aquí se ve, una vez más, la lógica perversa de imponer una cierta concepción del darwinismo a la esfera social, y es que la selección del más apto en cada momento no es una garantía de éxito, sino que a veces lo es de un fracaso final y definitivo. Lo más cruel de este fracaso total -la extinción- es que es la coronación de una larga sucesión de éxitos.
Si queremos pervivir como especie, si queremos darle una continuidad al experimento humano, tenemos que intentar superar la lógica del cortoplacismo y encarar los problemas globalmente. Toda la gente que propone pequeños parches (esta nueva fuente de energía aquí, esta nueva fiscalidad allá...) para "resolver el problema" no se dan cuenta que la clave está en "replantear el problema". Y el primer paso es decir la verdad, cruda, a la cara. Y el segundo, pasar a la acción.
Salu2,
AMT
En un post reciente concluía que uno de los problemas mayores que tenemos es la incapacidad de hacer un diseño inteligente de partida y en vez de eso adaptamos soluciones evolutivas. Lo que hacemos, por tanto, es adoptar soluciones que aquí y ahora están bien aunque no lo estarán en un futuro; y cuando las circunstancias cambian y los problemas aparecen hacemos variaciones a partir de las soluciones vigentes para encontrar nuevas soluciones que aborden nuestro problema satisfactoriamente. Tal aproximación, por lógica que parezca, puede llevarnos hacia una colisión inevitable contra un escollo que se encuentra al final de la cadena evolutiva que hemos seguido; y que si hubiéramos podido ver el problema en su conjunto hubiéramos podido escoger otra solución siguiendo un rumbo perfectamente diferente.
Este tipo de lógica evolutiva (o más bien, de huida hacia adelante) está presente en muchos problemas que hoy abordamos desde la tecnología. Introducimos tecnologías que resuelven problemas sin darnos cuenta de que esas mismas tecnologías introducen otros problemas para los cuales proponemos más tecnología y así sucesivamente, hasta que chocamos contra los límites de nuestro ingenio o de los recursos disponibles. Este problema se engloba dentro del llamado Principio de las Consecuencias Imprevistas, que fue introducido por el sociólogo Robert Merton el siglo pasado. Veamos ahora un ejemplo práctico.
Sabemos que a día de hoy hay un problema grave con el diésel: la producción mundial de diésel podría haber llegado a su máximo en 2008 porque, a pesar de que esos sucedáneos de petróleo a los que llamamos "otros líquidos" han conseguido disimular la caída de la producción de petróleo crudo, el hecho es que para hacer diésel hace falta petróleo crudo y además la mezcla que se usa para refinar diésel tiene que tener cierta proporción de petróleo ligero, del cual cada vez hay menos (Irán ya no produce, Venezuela produce muy poco y en Arabia Saudita comienza a escasear). Todo esto ha hecho que la producción de diésel se esté resintiendo ya: algunas refinerías en el mundo occidental están haciendo grandes inversiones para adaptarse a la falta de petróleo ligero y a los altos costes de la materia prima y de la energía (vean aquí un ejemplo en el Reino Unido) mientras que muchas otras refinerías directamente cierran (pueden encontrar una lista en esta página web). En suma, la por fin reconocida llegada del peak oil ha generado muchos efectos no lineales en nuestro complicado mundo, y entre ellos el cierre de refinerías y la disminución aún mayor del acceso a los combustibles.
Uno de los aspectos reconocidos que han hecho más grave esta crisis del diésel es el cambio histórico de coches de gasolina por coches de diésel en Europa durante las últimas dos décadas. Tal movimiento ha respondido a una lógica evolutiva, del mercado: dado que de manera natural se producía en las refinerías una cierta cantidad de diésel y el diésel de automoción tiene mejor economía de combustible que la gasolina, de manera natural el mercado ha tendido a buscar un hueco al relativamente más abundante y más económico diésel. Como ven, todo lógica evolutiva y todo libre mercado.
Sin embargo, por las razones explicadas más arriba la llegada del pico del diésel se ha anticipado a la del pico de la gasolina y en este momento se ve el error de haber fomentado tal dieselización masiva del parque automovilístico. Llegados a este punto, ¿qué podemos hacer? Volver a la gasolina no es fácil: los motores de diésel no son compatibles con la gasolina, y forzar un cambio masivo de vehículos particulares en medio de una crisis que justamente está acarreando una caída de ventas de coche no parece ni fácil ni muy popular. Por otro lado, dejar que el libre mercado regule esta situación tampoco es la mejor opción, puesto que el transporte por carretera y la maquinaria en general usan el mismo tipo de gasoil; ya está habiendo problemas con el transporte por carretera, que se está desplomando por los altos costes del transporte y la caída de la demanda de productos, como para permitir que se agrave aún más y acabe disparando la inflación, lo que traería una mayor caída del consumo y el agravamiento de la crisis. En suma, hemos llegado a un callejón sin salida: cualquier opción que se escoja provocará muchas consecuencias desagradables. Vamos en rumbo de colisión inevitable.
Es significativa la evolución del Gobierno francés respecto a este problema. A mediados del año pasado hubo cierto revuelo y debate público incubado por los medios de comunicación sobre la conveniencia de arrinconar el diésel, al menos en las grandes ciudades. De acuerdo con el relato que repitieron machaconamente los medios de comunicación galos, un nuevo informe de la Organización Mundial de la Salud ratificaba lo nocivo que es para la salud los gases de los motores de diésel, y eso abría el debate "urgente" sobre la necesidad del cambio. En realidad, desde hace varias décadas se sabe que los motores de diésel son más contaminantes que los de gasolina, a pesar de las muchas mejoras significativas que se ha hecho en su ingeniería; por otra parte, en Francia como en el conjunto de la OCDE (y no hablemos ya de España) el tráfico rodado ha disminuido como consecuencia de la crisis, lo cual retrae relativamente la urgencia de este debate (al menos desde una perspectiva política; el tema de la contaminación del diésel es ciertamente serio y debería haber sido abordado seriamente hace muchos años). Por tanto, da más la impresión de que este debate espoleado por los medios obedece a la necesidad de trasladar a la ciudadanía la necesidad de deshacerse del diésel aunque los motivos reales de esta necesidad se presentan maquillados.
Casi un año después, el Gobierno francés aún sigue deshojando la margarita, sin saber muy bien por dónde tirar. Saben que quieren deshacerse del diésel, pero dentro del Gobierno galo hay sensibilidades contrapuestas sin que nadie sea capaz de proponer un plan realista y viable para hacer ese abandono. Tal impasse ha llevado a algunos hasta hacer bromas sobre la supresión radical del diésel en Francia (inocentada de la que erróneamente yo mismo me hice eco). Mientras tanto, la disponibilidad de diésel sigue bajando, se prevén nuevos cierres de refinerías este año y la situación es cada vez más apurada... pero no hay ni un solo avance.
Un Gobierno debidamente informado hubiera tenido 40 años para anticipar este problema, y la sociedad hubiera podido adaptarse paulatinamente y con cierto éxito. Tal estrategia es la que se conoce como "diseño inteligente": se ve el problema en su globalidad y se diseña la mejor respuesta, con una monitorización constante del resultado. Sin embargo, la estrategia que hemos seguido es la de la respuesta evolutiva: ir dando respuestas a los problemas que se iban presentando, uno por uno, hasta llegar a un callejón sin salida (como el que se puede estar presentando ahora en Venezuela o en Egipto). Es la estrategia del corto plazo, del beneficio inmediato. Éste es el producto de la lógica de lo que llamamos libre mercado (aunque en realidad sea mercado natural, como ya discutimos).
La estrategia evolutiva se puede comparar a una escalera que construimos añadiendo un peldaño cada vez; escalera que vamos remontando sin tener garantías de llegar a ninguna parte en concreto. Y a veces estas escaleras acaban abruptamente, precipitándonos la vacío. Esto también pasa con la evolución de las especies: que a veces se llega a puntos muertos, y las especies asociadas se extinguen. Aquí se ve, una vez más, la lógica perversa de imponer una cierta concepción del darwinismo a la esfera social, y es que la selección del más apto en cada momento no es una garantía de éxito, sino que a veces lo es de un fracaso final y definitivo. Lo más cruel de este fracaso total -la extinción- es que es la coronación de una larga sucesión de éxitos.
Si queremos pervivir como especie, si queremos darle una continuidad al experimento humano, tenemos que intentar superar la lógica del cortoplacismo y encarar los problemas globalmente. Toda la gente que propone pequeños parches (esta nueva fuente de energía aquí, esta nueva fiscalidad allá...) para "resolver el problema" no se dan cuenta que la clave está en "replantear el problema". Y el primer paso es decir la verdad, cruda, a la cara. Y el segundo, pasar a la acción.
Salu2,
AMT
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lunes, 13 de mayo de 2013
La huella ecológica del Hombre
Queridos lectores,
He aquí el prometido ensayo de Luis Cosin sobre la capacidad ecológica de este planeta para sostener a los seres humanos. Un texto menos técnico y más comprometido de lo que él acostumbra.
Salu2,
AMT
He aquí el prometido ensayo de Luis Cosin sobre la capacidad ecológica de este planeta para sostener a los seres humanos. Un texto menos técnico y más comprometido de lo que él acostumbra.
Salu2,
AMT
¿Cuánto espacio físico necesita una persona para sobrevivir?
Esta pregunta es incómoda y a los más mayores pueden encontrar reminiscencias de ideologías basadas en el Lebensraum (o “espacio vital” (3)).
La respuesta no es única, y depende del estilo de vida y del rendimiento que se obtenga de ese espacio.
En este post, voy a seguir un artículo publicado hace más de 10 años por Dale Allen Pfeiffer, titulado “Comiendo combustibles fósiles” (1). En él se hacen una serie de afirmaciones escalofriantes que deberían hacernos reflexionar seriamente.
Los seres vivos (y los humanos no dejamos de ser seres vivos insertos en un ecosistema más o menos alterado por nosotros mismos) necesitamos un suministro de materiales y energía para mantenernos vivos y desarrollar nuestra actividad.
Hasta la aparición de los combustibles fósiles, esta energía y estos materiales venían esencialmente de la agricultura y la ganadería.
Esencialmente, los seres humanos aumentaban su población y su nivel de
vida a base de reducir el espacio y la energía fotosintética disponible
para el resto de seres vivos.
Dale Allen Pfeiffer lo resume perfectamente en unas pocas frases:
“La
necesidad de aumentar la producción agrícola fue una de las causas
comunes para la mayoría de las guerras en la historia que conocemos,
junto con la expansión de la energía básica (y la producción agrícola es
verdaderamente una parte esencial de la energía básica). Y cuando los
europeos no pudieron ampliar más los cultivos, comenzaron con la tarea
de conquistar el mundo. A los exploradores les siguieron los
conquistadores y los comerciantes y los colonizadores. Las razones
proclamadas para la expansión pueden haber sido el comercio, la
avaricia, el imperio, o simplemente la curiosidad, pero en la base de
todo ello, estaba la expansión de la productividad agraria.”
África,
América y Oceanía eran continentes mucho menos poblados que Asia y
Europa, con sistemas de producción agraria menos eficientes (en general) y durante siglos fueron la válvula de escape
para los excedentes de población de los dos primeros, que llevaron
consigo los sistemas de explotación intensivos propios de sus regiones
de origen.
El sistema basado en la propiedad de la tierra y los frutos producidos por ella llega a su máxima expresión en el siglo XVIII. El poder de la época, la aristocracia europea (y la de otras latitudes) esencialmente era terrateniente y comerciante
de productos agrícolas y manufacturas. Es el sistema económico que
teorizan Víctor Riquetti, Von Hornick y Adam Smith y que se lleva a la
práctica de mano de ministros como el francés Colbert: el Mercantilismo (6), germen del capitalismo moderno.
“El pensamiento mercantilista se puede sintetizar a través de las nueve reglas de Von Hornick:
- Que cada pulgada del suelo de un país se utilice para la agricultura, la minería o las manufacturas.
- Que todas las materias primas que se encuentren en un país se utilicen en las manufacturas nacionales, porque los bienes acabados tienen un valor mayor que las materias primas
- Que se fomente una población grande y trabajadora.
- Que se prohíban todas las exportaciones de oro y plata y que todo el dinero nacional se mantenga en circulación.
- Que se obstaculicen tanto cuanto sea posible todas las importaciones de bienes extranjeros
- Que donde sean indispensables determinadas importaciones deban obtenerse de primera mano, a cambio de otros bienes nacionales, y no de oro y plata.
- Que en la medida que sea posible las importaciones se limiten a las primeras materias que puedan acabarse en el país.
- Que se busquen constantemente las oportunidades para vender el excedente de manufacturas de un país a los extranjeros, en la medida necesaria, a cambio de oro y plata.
- Que no se permita ninguna importación si los bienes que se importan existen de modo suficiente y adecuado en el país.”
Estando así las cosas, surge la tecnología del vapor, basada en el carbón, y el resto de los combustibles fósiles. La revolución industrial viene, hacia 1.750, en un momento de estancamiento en el cual amplias capas de la población habían caído en la pobreza a causa de la incapacidad del sistema (rígido, basado en la productividad de la tierra) para absorber el incremento demográfico.
Las guerras y las hambrunas eran frecuentes, como la provocada por la
pequeña edad del hielo (uno de cuyos picos fue alrededor de 1.770, y que
se llevó por delante a un 5%-10% de la población europea, notar la
curiosa coincidencia con la Revolución Francesa, ocurrida 3 años más
tarde (4) ). Y es que el sistema estaba al límite (5).
El
carbón (y posteriormente el petróleo, el gas natural, la energía
nuclear y el resto de fuentes de energía básica no renovables) desligan,
por primera vez en la historia, el crecimiento de la población y su
nivel de vida de las posibilidades de conseguir energía primaria y
materiales de la tierra.
En
estos 200 años, la población humana se ha multiplicado por 7 y ha
alcanzado un desarrollo tecnológico y social sin precedentes.
El capitalismo moderno (y el socialismo) deben su desarrollo a esta reserva formidable de energía.
Citando a Dale Allen Pfeiffer:
“Justo
cuando la producción agrícola no ya no pudo extenderse más mediante el
aumento de la superficie cultivada, nuevas innovaciones vinieron a hacer
posible una explotación más concienzuda de la superficie ya disponible.
El proceso de desplazamiento de “plaga” y de apropiación para la
agricultura acelerada con la revolución industrial como la mecanización
de la agricultura aceleraron la limpieza y el cultivo de la tierra y
aumentaron la cantidad de tierras de cultivo que podían ser atendidas
por una persona. Con cada incremento en la producción alimenticia, la
población humana crecía rápidamente.
En
la actualidad, los seres humanos se han apropiado de cerca del 40% de
todas las tierras con capacidad fotosintética. En los EEUU se toma más
de la mitad de la energía captada por fotosíntesis Hemos acaparado todo
el patrimonio real primario sobre este planeta. El resto de la
naturaleza se ve forzada a contraer deudas con lo que queda. Este es,
sencillamente, uno de los factores principales para la extinción de
especies y de la presión sobre los ecosistemas.”
Entre
los años 40 y 60 del siglo XX, se produce un gran crecimiento
demográfico en los países desarrollados. Es el “Baby Boom”. Las familias
de 5, 6 y 7 miembros son relativamente frecuentes en el mundo
desarrollado, y la esperanza de vida aumenta casi 20 años (un
espectacular 30%).
Pensemos
que, sólo 10 años antes, la necesidad de “espacio vital” para una
población alemana depauperada y numerosa, había desencadenado la guerra
más mortífera jamás librada.
Este
despegue pacífico es posible gracias a que se generalizan una serie de
técnicas agrarias conocidas genéricamente como “revolución verde” de la
mano de científicos y divulgadores como Norman Borlaug y William Gaud.
La revolución verde reposa en 3 patas:
- Mecanización del trabajo
- Irrigación artificial
- Uso intensivo de fertilizantes artificiales (nitrogenados y fosfatados)
Estas
tres tecnologías requieren el uso intensivo de energía, que
naturalmente no proviene de las propias cosechas, sino de otras fuentes
de energía, que no son renovables: petróleo y combustibles fósiles. La
productividad por hectárea ha aumentado espectacularmente desde los años
40 (10):
Según estimaciones que publica Dale Allen Pfeiffer:
“En
los EEUU, se gastan anualmente 400 galones de petróleo equivalente
(1.514 litros según la equivalencia del galón estadounidense; 1 galón =
3’785 litros; n. del t.) para alimentar a cada estadounidense (datos
proporcionados en 1994). El consumo de energía agrícola se descompone
como sigue:
- 31% para la fabricación de fertilizantes inorgánicos.
- 19% para el funcionamiento de la maquinaria agrícola.
- 16% para el transporte.
- 13% para regadíos.
- 8% para aumentar la ganadería (no se incluye la alimentación del ganado).
- 5% para el secado de cultivos.
- 5% para la producción de pesticidas.
- 8% gastos diversos
No
se incluyen en este gráfico los costes del embalaje, la refrigeración,
el transporte hacia los puntos de venta al por menor y el uso de la
cocina doméstica.
Para
dar al lector una idea de la intensidad energética de la agricultura
moderna, la producción de un kilo de fertilizante de nitrógeno requiere
la energía equivalente de 1,4 a 1,8 litros de combustible diesel. No se
considera el gas natural como materia prima. De acuerdo a The Fertilizer Institute (http://www.tfi.org),
en el período anual del 30 de junio de 2001 al 30 de junio de 2002, los
Estados unidos utilizaron 12.009.300 de toneladas cortas de nitrógeno
fertilizante Usando
la cifra inferior de 1,4 litros de diesel equivalente por kilo de
nitrógeno, esto equivale a la energía contenida en 15.300 millones de
litros de combustible diesel o 96,2 millones de barriles.
Por supuesto, eso es sólo una comparación aproximada para dar una idea de la energía que la agricultura moderna requiere.”
Se
estima que alimentar a un ciudadano estadounidense (y, por extensión a
un habitante de un país desarrollado) requiere 0,5 hectáreas de terreno
cultivable de calidad por habitante con los métodos de la agricultura
industrial.
Según
estimaciones de la ONU, la máxima capacidad de carga (“carrying
capacity” (7), (9) ) sostenible de todas las áreas de cultivo actuales
en el mundo es:
- 10.000 millones de personas con un estilo de vida de la India.
- 8.000 millones de personas con un estilo de vida de China.
- 6.000 millones de personas con un estilo de vida de Latinoamérica.
- 4.500 millones de personas con un estilo de vida de Europa.
- 1.500 millones de personas con un estilo de vida de Norteamérica.
Sin
los métodos de la agricultura industrial, quizá tengamos que dividir
estas cifras por un divisor entre 2 y 3… En la naturaleza, el recurso
fundamental (luz solar) regula la capacidad de caga de la mayor parte de
las especies, cuya población sigue ciclos anuales:
Los seres humanos tenemos algo más de control sobre esto. Deberíamos ser capaces de usar nuestra inteligencia para ello.
En palabras de Dale Allen Pfeiffer:
“Actualmente,
hay 1,8 acres de tierra cultivable disponible para cultivar alimentos
por cada ciudadano estadounidense. Hacia 2050, esto disminuirá a 0,6
acres. Se requieren 1,2 acres para mantener los actuales niveles dietéticos.
Actualmente,
sólo dos naciones en este planeta son grandes exportadores de grano:
los Estados Unidos y Canadá. Hacia 2025 se espera que los EEUU cesen de
ser un exportador de alimentos debido a la demanda interna. El impacto
sobre la economía de los EEUU podría ser devastador, ya que las
exportaciones de alimentos reportan anualmente 40 mil millones de
dólares a los EEUU. O todavía más importante, millones de personas en
todo el mundo podrían morirse de hambre sin las exportaciones de
alimentos de los EEUU.”
Recomiendo el documental “How many people can live n planet Earth”, de la BBC, conducido por David Attemborough (8).
Aún
tenemos algo de margen para reconducir la situación. Las fuentes de
energía fósil estarán con nosotros algunos años más. Del buen juicio en
su uso depende nuestra supervivencia como sociedad desarrollada o una
vuelta al siglo XVIII (o algo peor).
Referencias:
Etiquetas:
capacidad de carga,
carrying capacity,
huella ecológica,
Luis Cosin
sábado, 11 de mayo de 2013
Rápido, lento
El despertador suena a las 4:50. Salto de la cama de un brinco y me doy la ducha más rápida de mi vida. No hay mucho tiempo.
Rápido, rápido.
Suena el teléfono de la habitación. Son las 4:55 y ya me he vestido. Me avisan de recepción que el taxi ya me está esperando. Cinco minutos antes de lo previsto; se ve que el taxista también tiene prisa.
Rápido, rápido.
Atravesamos las calles de Palma de Mallorca, desiertas a esas horas, a toda pastilla; el taxista va oyendo música pop, de ritmos muy vivos. Me deja en el aeropuerto poco después de las 5:10 - impresionante.
Rápido, rápido.
Voy directo al control; nunca se sabe lo que te puedes retrasar ahí y de hecho hay mucha gente, para ser la hora que es. Todo el mundo pasa apresurado. Bien, esta vez no me tengo que quitar los zapatos. Recojo todo sin dilación; el embarque empieza a las 5:45 y los pasillos del aeropuerto de Palma son largos.
Rápido, rápido.
Aún me sobran 10 minutos antes de que empiece el embarque. Un momento de calma y en seguida al avión. Despegamos a las 6:15, la hora prevista. Duración estimada del vuelo: 27 minutos. Antes de embarcar veo un anuncio: "A todos nos gusta volar". No es verdad: yo odio volar.
Rápido, rápido.
El avión aterriza 10 minutos antes de lo previsto, dice el comandante, pero mi reloj dice que son las 7:00. Algo pasa con el tiempo en los aviones: nunca tienes claro a qué se refieren cuando te dicen el tiempo de vuelo. Después, la salida: el avión va abarrotado, y toca esperar un rato antes de salir. Tengo margen: mi tren de vuelta a casa no sale hasta las 9:05.
Rápido, rápido.
Tomo el tren de cercanías a las 7:38, y poco antes de las 8:00 estoy en la estación de Barcelona Sants. Suerte de esos 10 minutos de avance que tuvo el avión; si no, llegaría a Sants media hora más tarde y no podría desayunar. Café, croissant, zumo y un precio que no tiene nada que ver con lo que me costaría en casa. Me voy hacia la zona del AVE. Veo un panel luminoso que nos informa de que hay un servicio especial de trenes para que la gente se pueda desplazar al circuito de Montmeló, donde este fin de semana se disputa un Gran Premio de Fómula 1. Todo va rápido, todo tiene que ir rápido.
Rápido, rápido.
Entro en el tren Avant. Todavía no había cogido el tren rápido de Barcelona a Figueres (o viceversa) desde los meses que hace que lo han inaugurado. Es un tren caro y la única parada en Barcelona queda lejos de mi trabajo, y la de Figueres ni siquiera está en Figueres, sino en el pueblo de al lado (Vilafant). Pero tengo que llegar a casa cuanto antes; sólo he estado un día fuera, pero hay momentos en que las horas son como días y los días como meses. Tengo que volver a casa.
Rápido, rápido.
Por fin llego a mi casa. Saludo a mi mujer y a mis hijos; son las 10 y pico de la mañana. El reloj aún manda; hay varias actividades de cada sábado que deben cumplirse, y aún el ritmo es frenético. Sin embargo, la lógica de las cosas comienza a ser más elástica: el tiempo se dilata, los compromisos se relativizan, las cosas importantes reclaman su lugar en la vida.
Lento, lento.
Subo al hospital. ¿Cómo fue la operación? Bien, bien. Algunas molestias, pero ya nos darán el alta, me dice mi suegra, mañana o si no el lunes. Mañana difícil, porque es domingo: habrá que esperar al lunes. Cinco días en el hospital, parecen una eternidad. En los tres días ya transcurridos yo he tenido tres reuniones, he impartido un curso para el Ayuntamiento de Barcelona y he ido y vuelto de Palma de Mallorca para dar una conferencia. Pero aquí el tiempo no pasa acelerado, sino que se desliza perezoso.
Lento, lento.
Ya se puede ir, le digo a mi suegra, ya me quedo yo. Los niños viven ajenos a las preocupaciones y el ajetreo de los mayores; sólo piensan en sus juegos y en sus preocupaciones infantiles: dientes que caen, lecciones en el colegio, un paso largo, dos cortos... Está bien así.
Lento, lento.
El tiempo pasa despacio, despacio. Parece que se detiene. A ratos me quedo adormilado: me doy cuenta de que he dormido menos de cuatro horas (los amigos de Palma, haciendo preguntas y más preguntas hasta la madrugada...). El tiempo pasa lento, como pasan las cosas importantes...
Lento, lento.
En una sociedad acelerada como la nuestra, todo tiene que ir deprisa porque el consumo tiene que crecer de manera exponencial para que nuestra economía prospere, para que se creen puestos de trabajo, para que la cosa tire... Ese consumo incesantemente rápido de la energía lleva a mayor disipación, mayor desgaste, menor rendimiento... es la termodinámica, no podemos escapar a ella: más potencia, menos rendimiento. Se podría decir incluso que hacemos las cosas peor por culpa de la precipitación.
A veces me pregunto si todos mis esfuerzos y desvelos merecen la pena, este ritmo vertiginoso, esa sensación de estar, como Charlot, atrapado en el engranaje de una máquina que todo tritura. Y sin embargo después vuelvo a lo importante, a lo lento, a lo que merece la pena... Sí, esto es lo que merece la pena; esto es por lo que se tiene que luchar.
Figueres, 11 de Mayo de 2013
(tiempo para la escritura de este post: 16 minutos).
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rápido,
Segundo Principio de la Termodinámica
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